De libélula a dragona

Hoy escribo desde un lugar extraño. Bonito. Intenso. Todavía un poco suspendido.
El pasado jueves 21 defendí mi ascenso a Profesora Catedrática de Universidad.
Y aunque durante meses pensé en discursos, documentos, méritos, narrativas y diapositivas, la sensación que permanece hoy no tiene demasiado que ver con nada de eso. Tiene más que ver con algo difícil de explicar. Una extraña mezcla entre alivio, vértigo, gratitud y cierta sensación de irrealidad que aparece cuando una atraviesa un lugar que llevaba años habitando mentalmente.
Tengo resaca emocional. Mucha. Muchísima.

Durante la defensa hablé de tecnología educativa, de transformación digital, de pensamiento crítico, de inteligencia artificial, de universidad y, por supuesto, de pedagogía. Pero, en el fondo, creo que también hablé de trayectorias. De tiempo. De todas esas pequeñas continuidades invisibles que sostienen una vida académica mucho antes de que aparezcan los reconocimientos institucionales.
Y ahí estaba la metáfora que me ha acompañado todo este tiempo. La de la libélula que se convierte a dragona.
La libélula como curiosidad, movimiento, observación y capacidad de adaptación. Como esa necesidad constante de mirar la educación no desde las certezas, sino desde las preguntas. La dragona no como símbolo de poder, sino de madurez consciente. De la capacidad de sostener proyectos, equipos, contradicciones, responsabilidades y también incertidumbres sin dejar de preguntarse cosas.
Porque, si algo confirmé el jueves, es que la universidad sigue siendo, a pesar de todo, un espacio profundamente humano.
Lo fue en las preguntas del tribunal. En la generosidad de muchas palabras que m dijeron. En la emoción difícil de disimular al hablar de aquello a lo que una ha dedicado tantos años. Y también en algo que no esperaba sentir con tanta intensidad. La sensación de acompañamiento de tanta gente que estuvo en la presencia y en la distancia.
No sentí que defendiera únicamente un currículum.
Sentí que defendía una manera de entender la educación.
Una forma de pensar la tecnología no como promesa vacía ni como amenaza automática, sino como un territorio lleno de tensiones, de posibilidades y de preguntas incómodas. Una manera de entender la docencia y la investigación como espacios profundamente conectados con las personas, con las dudas y con la responsabilidad de seguir pensando incluso cuando las respuestas rápidas parecen más fáciles.
Y quizá por eso hoy la emoción pesa tanto.
Porque hay momentos que no cierran etapas. Más bien las transforman.
Sigo pensando que la educación habita la incertidumbre. Sigo creyendo que las aulas deberían incomodarnos un poco. Sigo dudando de quienes prometen soluciones simples para problemas complejos.
Pero hoy, quizá, entiendo algo más.
Que también hay cierta belleza en permanecer muchos años haciéndose preguntas sobre el mismo territorio.
Y que, a veces, una llega a lugares importantes sin haber dejado nunca de ser aquella libélula que observaba el mundo intentando comprenderlo.
Y tal vez, eso sea lo importante.
Tal vez…

Descubre más desde María Rosa Fernández-Sánchez

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo